Todos los días oímos, leemos y escuchamos a gente hablando del cambio climático, de la sostenibilidad, del coste energético, de la subida del coste de los alimentos y de las islas sostenibles. Nosotros, sin embargo, estamos acostumbrados a hacer una lectura más básica, sin tanto artificio lingüístico ni teórico, y hablamos de la gestión de los montes, de las actividades agroganaderas, del uso del suelo, de la cobertura alimentaria y de la relación de la población y la naturaleza.
Hemos de destacar que vivimos en un territorio con muchas limitaciones en cuanto al agua y al suelo cultivable. En este marco natural hemos creado un modelo de vida poco respetuoso con la naturaleza, con un modelo económico urbano consumista. Se ha creado una naturaleza contemplativa en la que hemos declarado un alto porcentaje del territorio protegido -sobre el 50% en la isla de Tenerife- pero nos hemos olvidado de que la protección del territorio no puede ser un tema contemplativo sin apenas presupuesto económico. Además, tenemos un territorio superpoblado, con veranos largos y secos, en la que hemos marginado a los gestores tradicionales de la naturaleza en sus usos y costumbres, algo que nos pasará factura tarde o temprano.